
WESTERNS
No conozco a un
solo hombre al que no le gusten las películas de vaqueros.
Alguno habrá, no digo que no, pero yo no lo conozco. No sé los motivos de este
gusto tan masculinamente peculiar, la verdad.
¿Será porque los cowboys siempre tienen la pistola a punto?¿Será porque no se bañan casi nunca? ¿Porque viven o en el bar o encima de un
caballo?
No sé, la verdad, pero basta
que salga una peli de vaqueros en un canal de la tele para que,
indefectiblemente, el chico que ha estado mareando con el mando buscando
ansiosamente un canal, se plante. Da igual que la peli esté empezada, que sea
un western clásico o una versión crepuscular, que date del año de la pera o sea
la última sensación de los Óscars, que sea de culto, o de serie B. Da igual que
los actores sean afamadas estrellas o sean figurantes de Almería que han
aprovechado la oportunidad de su vida. No importa que los apaches no sean
creíbles, que el Séptimo de Michigan luzca un uniforme de penoso saldo, o que
los paisajes sean rocas de cartón piedra y arbustos secos.
No importa. Hay que
verla. Deben quitar algún carnet si no la ven.
Si hay un duelo con
colt, un matojo rodante, una estrella de sheriff, una traqueteante diligencia, una melodía con silbidito,
alguien con un rifle apostado en un tejado, un borracho arrojado al barro desde
el saloon o unos pistoleros a sueldo, no se hable más: hay que verla
.

Cuantos más hombres
mugrientos, mejor. Sí, de esos que solo se bañan de ciento a viento con el agua
que les trae en jarras humeantes la chica con moño del salón. Esos tipos muy
bizarros que no se saben sacar las botas solos, con la pistola siempre a punto
y el gatillo presto a hacer bailar al infeliz de turno disparándole a los pies,
esos cowboys que solo beben cerveza caliente o whiskey en vasos pequeños de dudosa higiene,
-porque a ver, ¿habéis visto algún grifo en un bar del oeste?. Esos hombres recios, esos
mismos que amedrentan siempre al pobre que pide una zarzaparrilla, a los del póker,
-que no sé por qué motivo peregrino van a jugar allá si saben que siempre pasa
lo que pasa-, o al cronista con sombrero bombín que escribe para una publicación sobre el pistolero
legendario, y que está más perdido entre tanta testosterona que el de la
zarzaparrilla. Se animan sobremanera cuando ya se acercan en el metraje los
diálogos camorristas y los vasos de whiskey deslizándose pendencieros por la
barra, preámbulo seguro de tiros,
puñetazos o rotura del espejo de detrás de la barra, que siempre resulta ser el
clímax de la trifulca. También suele haber bastante excitación si el ganado
del perdonavidas rico irrumpe en las tierras en litigio del granjero viudo padre de tres niños polvorientos, y cuando el sheriff se ajusta el sombrero y comprueba el estado de sus pistoleras para poner orden. Y el éxtasis ya sobreviene cuando bajo un sol de justicia se desarrolla el duelo en el meridiano del día o cuando en medio de la balasera nocturna se
rompe el cielo y cae más agua que en el entierro de Zafra.

Frente a toda esta
épica, que salgan féminas en la película importa bien poco, a no ser que se trate de "Caravana de mujeres", claro. Si no salen, no pasa
nada, pero si salen, se clasificarán invariablemente en chicas de saloon o
madres amorosas con toquilla comprando en el colmado. Bueno, también puede salir una maestra,
que a veces es una mezcla de las otras dos.
En fin, con todos
estos ingredientes y unos cuantos más que me dejo para no hacer prolija la
reflexión, se ha conseguido –ahí es nada-, crear todo un género de cine.
Género masculino,
por supuesto. Como las de guerra.
Pero de esas
hablaremos otro día.