Hay días que son raros, que piensas cosas raras, haces cosas raras, compras
cosas raras y te pasan cosas raras.
Como hoy por ejemplo.
Parecía que iba a ser un día normal y corriente. De calorazo, sí, pero normal y corriente.
Yo tenía mis quehaceres apuntados en mi listita y una vez hechas las correspondientes
abluciones del comienzo del día, -que menos mal que venimos de dormir, porque
mira que hay que hacer cosas…- he salido a la calle, no sin antes realizar
todos los rituales paranoicos que se han instalado en mí durante la pandemia.
La peligrosa selva llena de alimañas víricas comienza ya en el botón del
ascensor, que intento tocar con el meñique de la mano derecha, que es mi mano
con huellas imperceptibles, según me dicen en la policía cada vez que voy a
renovar el DNI, les vuelvo loca la máquina de huellas y acabo estampando las
de la mano izquierda que por lo visto salieron mejor de fábrica. En fin, que digo yo
que si hay poco surco en el meñique derecho, menos se quedará enganchado el
virus. Bueno, cosas mías. Sigo.
En el ascensor, ya con mascarilla, respiro poco, a poder ser nada,
porque en tan minúsculo receptáculo a saber cuánta carga viral viaja arriba y
abajo esperando una víctima gandula que no quiere subir ni bajar escaleras. Y tras abrir la puerta del edificio y sacar
del bolsito el hidrogel para aniquilar todos los posibles virus encontrados
desde mi piso al portal, me restriego bien las manos según los miles de vídeos
que me han aconsejado cómo hacerlo. Creo
que ya lo hago al menos tan bien como los de Anatomía de Grey.
Ya en la calle, sorteando al que lleva la mascarilla en el codo, como si
luciera un Fendi, al que se la baja para toser, que los hay, y al que disimula
y se cree que no se le ve la nariz por encima, voy avanzando hacia mi destino: la Oficina de
Correos.
Ya veis que un poquito paranoica sí que soy, pero creo que lo soy porque lo veo todo. Sí, no sé cómo explicarlo: por ejemplo, yo en las grandes superficies me vuelvo loca porque lo leo todo. TODO. Los cartelitos de los pasillos, las ofertas, los 3 por 2, las denominaciones de origen, las recomendaciones sobre el Covid, los estabilizantes de cada producto… Todo. Ahora incluso me leo cada una de las pegatinas idénticas de la distancia mínima enganchadas en el suelo. Todo lo leo, es una pena. En clase también lo veo todo: al de la chuleta, al que raya el libro, al que pasa los dibujitos obscenos, al de las pipas, al del pegamento, al de los mocos… En fin, todas estas tonterías que explico vienen a cuento para dar idea de mi nivel de estrés en estos tiempos de coronavirus.
Ya veis que un poquito paranoica sí que soy, pero creo que lo soy porque lo veo todo. Sí, no sé cómo explicarlo: por ejemplo, yo en las grandes superficies me vuelvo loca porque lo leo todo. TODO. Los cartelitos de los pasillos, las ofertas, los 3 por 2, las denominaciones de origen, las recomendaciones sobre el Covid, los estabilizantes de cada producto… Todo. Ahora incluso me leo cada una de las pegatinas idénticas de la distancia mínima enganchadas en el suelo. Todo lo leo, es una pena. En clase también lo veo todo: al de la chuleta, al que raya el libro, al que pasa los dibujitos obscenos, al de las pipas, al del pegamento, al de los mocos… En fin, todas estas tonterías que explico vienen a cuento para dar idea de mi nivel de estrés en estos tiempos de coronavirus.

Sigo. Como decía ya hace unas cuantas líneas, llego a Correos
sorteando a todos los embozados más o menos preceptivos que me encuentro.
Y, oh, là, là… La cola de Correos da la vuelta a la manzana bajo un sol de
justicia, que no se ha debido enterar que solo son las 9 de la mañana y que no
hace falta ponerse tan chulo a esas horas, que tiene muchas el día para abrasar.
Pues nada, a esperar, con un calorazo de canícula y la mascarilla hasta los ojos, que refresca un montón. En estas me doy cuenta de que he protegido bien el documento que tengo que enviar con un sobre de esos de burbujitas, pero
que no he puesto la dirección. Y que tampoco he cogido bolígrafo. Y que tal como
está la oficina de Correos en la que han
organizado un imaginativo dispositivo de cachivaches, mesas, sillas y pantallas
para atrincherar a los trabajadores, cuando me toque no voy a poder escribir
nada, aparte de que si hago esperar más de la cuenta a los del tendido sol, se me comerán.


Así que me dedico a ir pidiendo un bolígrafo a los compañeros y compañeras
de suplicio que hacen cola bajo el sol implacable. Nadie tiene boli. Pues no sé
qué deben llevar en esos mochilotes y en esos bolsazos, la verdad. Hasta que un señor mayor que no lleva ni
bolsa, ni mochila, ni nada, se saca del bolsillo de la
camisa –sí, caballero, usted sí que sabe- un boli y me lo presta. De pie, con el bolígrafo del caballero
hundiéndose en las burbujitas del sobre he puesto la dirección, con una letra
que parecía de aquellas que haces cuando eres diestro y pruebas con la
izquierda o al contrario, adornada la calamidad con unos cucos agujeritos allí donde se ha hundido el
boli. Alucinada con semejante desastre gráfico,- me imagino la impresión que
causará el sobre a su recibo-, le he devuelto al caballero su pertenencia, agradeciéndole
con tan generoso chorro de hidrogel el detalle, que seguro le ha llegado para desinfectarse el bolígrafo, las
manos, la cara, los brazos y el monedero.
Por fin me ha tocado sombra, y al rato he oído la maravillosa locución: “el
siguiente”. He sorteado como he podido la
protectora gimcana de obstáculos entre la trabajadora y yo misma, y le he
entregado el sobre, un poco bastante sobado después de hacer de improvisado
abanico durante tres cuartos de hora. Le he observado un cierto mohín de desagrado ante aquella desdichada
caligrafía, y antes de meterse en su mundo de destinatarios y remitentes me ha
hecho varias preguntas, entre ellas una crucial: ¿a quién va dirigido? Horror, después de
tanta historia, ¡¡no he puesto el nombre!! Así que con cierta conmiseración en la
mirada, me ha prestado un bolígrafo de otro color y grosor que el del
caballero, cómo no, con el que he puesto el nombre del destinatario, quedando finalmente un irregular y vanguardista conjunto tipográfico. Y después de
estirarme más que Boomer el superhéroe elástico para acceder al datáfono, he
conseguido certificar aquella pifia y largarme.

El segundo quehacer era comprarme una carcasa para el móvil. Y allá me he dirigido, a punto del colapso entre la mascarilla, el calor y el bochorno del sobre.
La tienda, otra locura para mí: miles de protectores de móvil de colores, de dibujitos, brillantitos y purpurinas llenan las paredes hasta el techo, estimulando a tope todos mis conos y bastoncillos retinianos que deben pensar que están en el arco iris del Mago de Oz… ¿Cómo era la canción?... 🎵♬ Si los pajaritos felices vuelan más allá del arco iris ¿Por qué, oh, no puedo hacerlo yo?🎵♬ 🎵♬
En fin, mucho arco iris, pero al final me he comprado un protector feísimo. No sé si por el aluvión cromático o por el shock que me ha producido la altura de la moza que me ha atendido, que cuando he entrado pensaba que estaba encima de una tarima detrás del mostrador, y cuando ha venido a enseñarme miles de carcasas he visto que de tarima nada, que era así. Entre unas cosas y otras, me he comprado un protector lila medio flourescente, que estaría en su hábitat dentro de un bolsito infantil brillibrilli, al lado de un collar de cuentas de colores de plástico, un monederito plateado con 10 céntimos dentro, un boli rematado con una pluma rosa, una máquina de fotos de aquellas de broma que sale un muñeco, y una piruleta de fresa con forma de corazón.
El caso es que no sé por qué me lo he comprado porque no me gusta nada y además, lo estoy viendo venir, la gente se va a hartar de preguntarme si soy podemita o feminista. O las dos cosas. En fin, un problema más.
La tienda, otra locura para mí: miles de protectores de móvil de colores, de dibujitos, brillantitos y purpurinas llenan las paredes hasta el techo, estimulando a tope todos mis conos y bastoncillos retinianos que deben pensar que están en el arco iris del Mago de Oz… ¿Cómo era la canción?... 🎵♬ Si los pajaritos felices vuelan más allá del arco iris ¿Por qué, oh, no puedo hacerlo yo?🎵♬ 🎵♬
En fin, mucho arco iris, pero al final me he comprado un protector feísimo. No sé si por el aluvión cromático o por el shock que me ha producido la altura de la moza que me ha atendido, que cuando he entrado pensaba que estaba encima de una tarima detrás del mostrador, y cuando ha venido a enseñarme miles de carcasas he visto que de tarima nada, que era así. Entre unas cosas y otras, me he comprado un protector lila medio flourescente, que estaría en su hábitat dentro de un bolsito infantil brillibrilli, al lado de un collar de cuentas de colores de plástico, un monederito plateado con 10 céntimos dentro, un boli rematado con una pluma rosa, una máquina de fotos de aquellas de broma que sale un muñeco, y una piruleta de fresa con forma de corazón.
El caso es que no sé por qué me lo he comprado porque no me gusta nada y además, lo estoy viendo venir, la gente se va a hartar de preguntarme si soy podemita o feminista. O las dos cosas. En fin, un problema más.
Así que creo que aunque la listita de quehaceres no está acabada, me voy a
ir a casa a quitarme la puñetera mascarilla antes de que me dé un síncope.
Que mira, antes decías: voy a
respirar aire libre, y salías de casa. Y
ahora dices: voy a respirar aire libre.
Y te vuelves.
Cosas de la pandemia. Cosas raras.
Como lo de la señora justo antes de llegar a casa. Se me acerca, toda maja, toda conjuntada ella
con su mascarilla bien puesta. Y va, y para hablar conmigo…¡¡se la baja!!( ͠❛ ͜ʖ ͡❛) Y me cuenta que está toda preocupada porque
se ha dejado el móvil enchufado en casa y que si pasará algo. ¿Algo? ¿Algo de
qué? Y mientras tanto venga a explicarme cosas y a hablarme con la mascarilla
bajada. Mire señora, no sé si pasará
algo. Yo lo dejo enchufado toda la noche y nunca pasa nada. Y ya se va más
tranquila subiéndose ipso facto la mascarilla.
¿Qué si pasará algo?
Ya pasa, ya. Que voy a acabar fatal.